Los gobiernos de la Concertación y especialmente los últimos dos nos han dejado una serie de lecciones. Primeramente hemos asimilado la noción de que crecimiento y Concertación nunca fueron conceptos sinónimos. En segundo lugar, la noción de que con la Concertación lograríamos crecer con igualdad va quedando relegada al plano de las ilusiones juveniles. Se ha hecho evidente que los privilegios y las desigualdades más irritantes han tenido lugar durante estos gobiernos. Mientras el hijo de la señora Juanita estudia para poder optar a una beca los hijos de los ministros concertacionistas las obtienen por el solo hecho de ser hijos de tal o cual Ernesto. Y qué decir de las desigualdades que reproducen en el ámbito laboral. La Presidenta coloca a su hijo en la Cancillería y el Director de TVN coloca a su hermano en el INP. Esto solo por nombrar algunos.
A lo anterior hoy se suma que ha aflorado con toda claridad la brecha existente entre la política y sus actores y los asuntos particulares y comunes de la gente. El gobierno ciudadano se encuentra desgarrado hasta sus propios cimientos. La situación trágica de la propuesta de Bachelet se va desmoronando día a día tras las preconizaciones de miembros del gobierno y de parlamentarios adherentes. Cada día asistimos a la falta de coherencia entre la sociedad y el gobierno. La sociedad no se siente reflejada en la Concertación. Mientras la mayoría indica que algunos deben renunciar, el gobierno asumiendo su función regia de lex animata señala que la utilización de los mecanismos democráticos establecidos por él mismo es una felonía.
A pesar de que la Presidenta ya no cumple la función de ejecutora de los intransables programas partidarios de antaño, es posible advertir una visión un poco aristocrática, propia de muchos izquierdistas letrados, que se asumen superiores al resto, participes de la vanguardia y, consiguientemente, convocados a conducir las vidas de sus alienado súbditos y a administrar su libertad.
Al parecer sólo la Presidenta comprendió a cabalidad aquello del gobierno ciudadano, y sus ministro y colaboradores, al igual que nosotros, aun intentan comprenderlo. Frente a esto sólo les ha quedado lo que saben hacer, a saber, cegar el derecho del alma a respirar.
La Concertación, por extrañas razones que no se alcanzan a comprender, siente que posee la capacidad de inteligir cuál es la mejor vida que debemos vivir, y en el esfuerzo de concretizar los secretos que la providencia le ha soplado al oído, lleva a cabo políticas públicas que no sólo afectan nuestras condiciones exteriores, sino que también nuestras condiciones interiores, mermando en este punto nuestra personalidad, nuestra identidad. El objetivo final es reducirnos a un simple engranaje del mecanismo del Estado, de probar que no existimos realmente más que como expresión de las fuerzas de producción o de los interese de clase. Esto lo realiza aboliendo las diferencias en nuestro comportamiento y en nuestro mundo interior, aplastando la personalidad, la individualidad, en buenas cuentas, todo lo que nos permite desarrollarnos.
Lo que sucede es que en el interior de la Concertación habita un insondable descrédito hacia las personas y por sus capacidades. En numerosas ocasiones manifiestan intenciones de aportar a la mejora del mundo. No obstante aquello, lo que se muestra inalterable en ellos es el convencimiento de que las personas no se encuentran facultadas para determinar qué harán con sus esfuerzos, con sus capacidades; en resumen, que harán con su libertad.
Esto es la Concertación.
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lunes, 7 de julio de 2008
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